El Schistosoma mansoni es un gusano plano sanguíneo responsable de una de las enfermedades parasitarias más extendidas del planeta tras la malaria. Vive en las venas que rodean el intestino del ser humano y deposita allí sus huevos, lo que con los años puede dañar el hígado, el bazo y la pared intestinal. Lo curioso de este parásito es que no llega por la comida, sino que entra a través de la piel mientras una persona se baña o camina por aguas dulces estancadas en zonas tropicales. Entender su ciclo es la mejor forma de entender por qué tantos millones de personas lo padecen sin saberlo.
Qué es el Schistosoma mansoni y dónde aparece
Pertenece a la familia Schistosomatidae, un grupo de trematodos con una particularidad rara entre los gusanos planos: tienen sexos separados. El macho, más corto y robusto, lleva a la hembra alojada en un pliegue de su cuerpo llamado canal ginecóforo, y así viajan emparejados por la circulación venosa de su huésped definitivo, que somos nosotros. La hembra puede poner entre 100 y 300 huevos al día, y de esos huevos depende todo el daño clínico que provoca la enfermedad, conocida como esquistosomiasis intestinal.
Distribución geográfica
El reparto mundial de este parásito sigue el mapa de los caracoles que lo hospedan. Está presente en gran parte de África subsahariana, donde se calcula que viven la mayoría de los casos del mundo. También aparece en el Caribe, sobre todo en Puerto Rico, República Dominicana y algunas islas menores. En Sudamérica el foco más importante está en Brasil, especialmente en los estados del nordeste y de Minas Gerais, además de zonas de Venezuela y Surinam. En la península arábiga existen focos puntuales y aislados. Los viajeros que regresan de safaris, voluntariados o estancias prolongadas en estas regiones constituyen los casos importados que ven los hospitales europeos.
Ciclo de vida: un viaje entre caracol y humano
El ciclo del Schistosoma mansoni necesita dos protagonistas: el ser humano como huésped definitivo y un caracol de agua dulce como huésped intermedio. Sin uno de los dos, el parásito no puede completar su desarrollo.
El papel de los caracoles Biomphalaria
Los caracoles del género Biomphalaria son los únicos que permiten al parásito multiplicarse en su fase asexual. Tienen una concha aplanada en forma de espiral y viven en lagunas, canales de riego, embalses pequeños y orillas de ríos lentos. Cuando los huevos del parásito llegan al agua a través de las heces de un humano infectado, eclosionan y liberan una larva ciliada llamada miracidio, que nada hasta encontrar uno de estos caracoles y penetra en su cuerpo. Dentro del molusco se transforma durante varias semanas y acaba liberando miles de larvas nuevas.
Las cercarias y la penetración cutánea
Esas larvas que salen del caracol se llaman cercarias y tienen una cola bifurcada que les permite nadar activamente. Buscan piel humana, y cuando la encuentran perforan la epidermis en cuestión de minutos. No necesitan que la persona beba el agua: basta con meter los pies, lavar la ropa o bañarse para que el contagio ocurra. Una vez dentro pierden la cola, se convierten en esquistosómulas y migran por la sangre hasta llegar a las venas mesentéricas del intestino, donde maduran, se aparean y comienzan a poner huevos. Desde la entrada por la piel hasta la primera puesta pueden pasar entre cuatro y seis semanas.
Cómo se contagia una persona
El contagio ocurre exclusivamente por contacto con agua dulce contaminada en zonas endémicas. No se transmite de persona a persona, ni por alimentos, ni por mosquitos. Las actividades de riesgo son las cotidianas: bañarse en un río o un embalse, vadear un arroyo, pescar, lavar ropa o utensilios en la orilla, o trabajar en arrozales y campos inundados. El agua del mar y las piscinas con cloro están libres de cercarias, y el agua clorada de la red doméstica tampoco supone riesgo. Para hacerse una idea del contraste con otros parásitos intestinales más comunes, conviene revisar cómo se adquieren la criptosporidiosis o la giardia intestinalis, donde la vía es la ingesta de agua o alimentos contaminados.
Fases clínicas y síntomas
La esquistosomiasis no se manifiesta de golpe. Pasa por varias etapas, y cada una tiene un cuadro distinto que conviene conocer porque muchas veces se confunden con otras enfermedades más banales.
Dermatitis cercariana
Es la primera reacción y aparece en las horas siguientes al baño. La piel donde han penetrado las cercarias pica, se enrojece y se llena de pequeñas pápulas similares a las de una urticaria. En zonas donde la población está acostumbrada al parásito apenas se nota, pero en viajeros suele ser bastante molesta. Desaparece sola en pocos días y mucha gente la atribuye a picaduras de insectos sin sospechar lo que viene después.
Fiebre de Katayama
Entre la cuarta y la octava semana tras la exposición, cuando los gusanos jóvenes empiezan a poner huevos y el sistema inmune reacciona masivamente, puede aparecer un cuadro agudo conocido como fiebre de Katayama. Cursa con fiebre alta, sudoración nocturna, dolores musculares, tos seca, urticaria, diarrea ocasional y agrandamiento del hígado o del bazo. En los análisis llama la atención una eosinofilia importante, es decir, una elevación marcada de los eosinófilos en sangre, que orienta al médico hacia un origen parasitario. Esta fase aguda es más típica en personas no inmunes, como turistas o cooperantes recién llegados.
Esquistosomiasis crónica
Si la infección no se trata, los huevos que la hembra sigue poniendo año tras año se incrustan en la pared del intestino y migran al hígado a través del sistema porta. Allí provocan una reacción granulomatosa que con el tiempo deja cicatrices. La consecuencia más temida es la fibrosis periportal, también llamada fibrosis de Symmers, que estrecha las ramas venosas del hígado y eleva la presión en la vena porta. Aparecen entonces hipertensión portal, varices esofágicas con riesgo de sangrado, esplenomegalia y, en casos avanzados, ascitis. En el intestino los síntomas son diarrea intermitente, dolor abdominal, sangre oculta en las heces y a veces pólipos. Los huevos también pueden alcanzar otros órganos, incluyendo los pulmones, donde generan hipertensión pulmonar, o el sistema nervioso, con cuadros neurológicos raros pero graves. Por su localización vascular, conviene situarlo en el contexto más amplio de los parásitos en la sangre, ya que comparte vía circulatoria con otros agentes muy distintos.
Diagnóstico
Sospechar la enfermedad es el primer paso, sobre todo en alguien que ha viajado o vive en zona endémica y presenta eosinofilia inexplicada, fiebre prolongada o síntomas digestivos vagos. El diagnóstico clásico se basa en encontrar los huevos característicos, con su espolón lateral muy marcado, en un examen de heces. Se suelen necesitar varias muestras, ya que la eliminación es irregular. Cuando las heces son negativas pero la sospecha sigue alta, la biopsia rectal puede mostrar huevos atrapados en la mucosa. La serología, mediante técnicas como ELISA o hemaglutinación, resulta útil sobre todo en viajeros y en infecciones recientes, aunque puede permanecer positiva durante años tras la curación. Las ecografías abdominales ayudan a evaluar el grado de afectación hepática en casos crónicos. Como con otras parasitosis intestinales, el diagnóstico diferencial incluye la amebiasis cuando hay diarrea con sangre.
Tratamiento médico
El fármaco de elección desde hace décadas es el prazicuantel, un antiparasitario muy específico que paraliza a los gusanos adultos y los expone al sistema inmune del huésped. Se administra por vía oral en una o dos tomas durante un solo día, calculando la dosis según el peso del paciente. La tolerancia suele ser buena, con efectos secundarios leves como náuseas, mareo o dolor abdominal que ceden en pocas horas. En la fase aguda de Katayama, el médico a veces añade corticoides para frenar la reacción inflamatoria intensa que provoca la puesta masiva de huevos. El tratamiento no actúa sobre los gusanos inmaduros, así que en algunos casos hay que repetir la pauta unas semanas más tarde para alcanzar a los que estaban en migración. Las complicaciones crónicas, como las varices esofágicas o la fibrosis hepática, requieren además seguimiento por digestivo y, en ocasiones, intervenciones específicas.
Prevención al viajar y en zonas endémicas
No existe vacuna disponible, así que toda la prevención pasa por evitar el contacto con agua dulce sospechosa en regiones donde el parásito circula. Lo más sencillo es no bañarse en lagos, ríos, embalses ni canales de riego en países endémicos, por muy tentador que sea el calor. Si el contacto es inevitable por motivos laborales, conviene secarse vigorosamente con una toalla nada más salir, ya que las cercarias necesitan minutos para perforar la piel. El agua para baño y bebida debe hervirse al menos un minuto o filtrarse, y dejarla reposar 48 horas en un recipiente cerrado también inactiva las larvas. En zonas donde la enfermedad es endémica, los programas de salud pública combinan tratamientos masivos con prazicuantel en escolares, educación sanitaria, mejoras en saneamiento y control de los caracoles con molusquicidas.
Cuándo consultar al médico
Cualquier persona que haya tenido contacto con agua dulce en África, Brasil, el Caribe u otra zona endémica y presente después fiebre prolongada, urticaria, diarrea con sangre, dolor abdominal persistente o un análisis con eosinofilia elevada debería comentarlo en consulta. Cuanto antes se diagnostique, más sencillo es el tratamiento y menores las secuelas a largo plazo. Los viajeros asintomáticos que hayan estado expuestos también pueden beneficiarse de una serología de cribado a los dos o tres meses del regreso, aunque no tengan ninguna molestia.